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Las lecturas que forjaron a un gigante: los gustos literarios y las influencias de Julio Cortázar

Las lecturas tempranas, la fascinación por Poe, la influencia del simbolismo francés y el pulso improvisado del jazz moldearon la obra de Julio Cortázar, un escritor que convirtió sus pasiones en una de las propuestas más originales de la literatura en español.

Las lecturas que forjaron a un gigante: los gustos literarios y las influencias de Julio Cortázar
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Martes, 27 de enero de 2026 - 01:12

En la constelación de autores que marcaron la literatura del siglo XX, Julio Cortázar ocupa un lugar singular. Su obra —que va del cuento perfecto a la novela que desafía las convenciones— encuentra su origen en un entramado de lecturas heterogéneas, obsesiones íntimas y referencias que supo transformar en algo completamente propio. Explorar sus influencias es asomarse a la cocina de uno de los narradores más innovadores de la lengua española.

Desde muy joven, Cortázar se dejó llevar por una devoción casi religiosa hacia la literatura. Entre los primeros nombres que lo marcaron figura Jorge Luis Borges, cuya precisión verbal y visión metafísica dejaron surcos profundos en el joven escritor. Sin embargo, el propio Cortázar reconocería que, lejos de imitarlo, aprendió de Borges la importancia de construir mundos con reglas internas claras, incluso en la fantasía.

Pero su universo lector fue mucho más amplio. En su adolescencia lo fascinó Edgar Allan Poe, a quien años después traduciría al español. De Poe absorbió la arquitectura del cuento, la atmósfera inquietante y la idea de que lo fantástico puede insinuarse en lo cotidiano como una sombra. Esa influencia sería decisiva para piezas emblemáticas como Casa tomada o Axolotl.

La impronta de la literatura francesa también fue determinante. Julio Verne, que lo acompañó desde la infancia, despertó en él el gusto por la aventura y la imaginación sin restricciones. Más tarde llegarían Baudelaire, Rimbaud y Mallarmé, quienes le revelaron nuevas posibilidades del lenguaje y un modo diferente de mirar lo real. La poesía simbolista lo llevó a experimentar con los ritmos, los silencios y las zonas ambiguas del sentido, aspectos que luego serían parte esencial de su prosa.

Otro pilar fue la tradición del surrealismo. Aunque nunca se consideró un surrealista ortodoxo, Cortázar encontró en ese movimiento la libertad necesaria para desordenar la lógica tradicional y abrir puertas a lo insólito. Su atracción por la ruptura, el humor lúdico y el cuestionamiento de lo racional marcarían su estilo a lo largo de toda su carrera.

En paralelo, la música —especialmente el jazz— nutrió su manera de narrar. Cortázar veía en la improvisación jazzística un método comparable al proceso creativo literario: una estructura flexible, un ritmo interior y la capacidad de sorprender incluso al propio autor. El perseguidor es quizá el ejemplo más acabado de esta sintonía entre literatura y música.

Lo paradójico en Cortázar es que, pese a este cúmulo de influencias, su obra no se parece a ninguna. Supo absorber, transformar y reinventar cada lectura hasta convertirla en una marca inconfundible. Quizás por eso, a más de un siglo de su nacimiento, su literatura sigue ofreciendo esa mezcla de juego, misterio y desobediencia que lo vuelve tan actual. Cortázar leía para expandir los límites de lo posible; escribía para invitar a los demás a cruzarlos. Y pocos lo hicieron con tanta elegancia.


Comentarios (1)

Elena de Salta

01/02/2026 10:58

Un grande, en todo sentido jajaja. Sus cuentos son todos una maravilla.

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