En 1958, apenas meses antes de que la Revolución cambiara el curso de la historia, Graham Greene publicó Nuestro hombre en La Habana. En ella, James Wormold, un humilde vendedor de aspiradoras, se ve arrastrado al mundo del espionaje británico. Por pura desesperación económica, Wormold comienza a enviar informes falsos y diagramas de "armas secretas" que no son más que piezas de sus electrodomésticos.
Lo que Greene concibió como una comedia negra sobre la incompetencia de la inteligencia internacional, resuena hoy con una ironía punzante en las calles de una Cuba que, en 2026, enfrenta uno de sus momentos más críticos.
Si en la novela de Greene la ciudad era un escenario de casinos, daiquirís y una corrupción latente bajo la dictadura de Batista, la Habana actual es el epicentro de un "periodo especial" permanente. El ingenio de Wormold para inventar realidades ha sido heredado por el ciudadano común, pero no para engañar al MI6, sino para resolver el día a día.
La economía del absurdo: Mientras Wormold dibujaba piezas de aspiradoras como misiles, los cubanos de hoy practican el "invento": una alquimia de piezas de autos rusos de los 50, motores eléctricos chinos y reparaciones imposibles para mantener una infraestructura que parece suspendida en el tiempo.
La desolación de los estantes: El humor ácido de la novela se vuelve amargo al contrastarlo con la escasez actual. La inflación y la falta de divisas han convertido productos básicos en objetos de lujo, haciendo que la "aspiradora" de Wormold sea hoy un artefacto de una era de consumo que muchos jóvenes cubanos solo conocen por fotos.
A pesar del paso de las décadas, Cuba sigue siendo ese rincón del Caribe donde las grandes potencias juegan al ajedrez. Greene retrató una isla que era el patio de recreo —y el centro de escucha— de los imperios.
Hoy, la relevancia geopolítica de Cuba persiste, aunque los actores hayan rotado o se hayan multiplicado. Los informes sobre "bases de espionaje chinas" o la presencia de buques rusos en el puerto de La Habana parecen ecos directos de los informes ficticios de Wormold. La isla continúa siendo ese lugar donde la información es la moneda más valiosa y, a menudo, la más manipulada.
"A veces me pregunto si el mundo no está siendo dirigido por hombres que no tienen ni idea de lo que es la realidad", escribía Greene.
Esa frase podría aplicarse tanto a los burócratas de la Guerra Fría como a la actual desconexión entre el discurso oficial y la realidad de los apagones y la migración masiva que desangra a la isla.
Más allá de la sátira política, Nuestro hombre en La Habana es una historia sobre un hombre tratando de proteger a su hija en un entorno hostil. Esa vulnerabilidad familiar es el vínculo más fuerte con la Cuba actual. El éxodo de más de medio millón de personas en los últimos años es el resultado de miles de "Wormolds" que, ante la imposibilidad de mantener a los suyos, deciden que la única salida es abandonar el teatro de sombras.
La Habana de Greene era una ciudad de máscaras; la de hoy es una de rostros cansados que, a pesar de todo, conservan ese humor negro que el autor británico tanto admiraba. La ficción y la realidad se abrazan en el Malecón: ambas nos dicen que, en Cuba, nada es lo que parece, pero todo se siente profundamente real.
Greene definía su libro como una "entretenimiento", pero para el cubano actual, el absurdo no es divertido, es el aire que respira. La figura de Wormold hoy no sería un vendedor de aspiradoras (un objeto casi arqueológico en la isla), sino quizás un gestor de redes sociales o un dueño de una pequeña tienda de suministros importados que debe "maquillar" sus cuentas para sobrevivir a las inspecciones.
La Cuba de hoy sigue siendo, como en la ficción, un lugar donde la realidad es tan elástica que permite que un plano de una aspiradora sea confundido con una amenaza nuclear, y donde un pueblo entero sigue demostrando que, ante la falta de piezas, siempre quedará el ingenio.
No hay comentarios aún. ¡Sé el primero en comentar!
Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *