La diferencia entre ambos no era solo geográfica (el Sur profundo frente al cosmopolitismo de la "Generación Perdida"), sino fundamentalmente técnica. Mientras Faulkner construía catedrales de palabras, oraciones infinitas y laberintos psicológicos, Hemingway pulía cada frase hasta dejarla como un hueso blanco bajo el sol: directa, económica y brutal.
La tensión estalló públicamente en 1947, cuando Faulkner, durante una charla en la Universidad de Mississippi, se atrevió a clasificar a sus contemporáneos. Colocó a Thomas Wolfe en primer lugar y a Hemingway en cuarto, argumentando que este último "no tenía coraje, nunca se había arriesgado a usar una palabra que obligara al lector a consultar un diccionario".
Hemingway, cuya fragilidad emocional era tan grande como su ego, no se quedó callado. Respondió con su característica brusquedad, enviando a un amigo común a mostrarle a Faulkner sus heridas de guerra y sus condecoraciones para demostrar que de "falta de coraje" no sabía nada.
Para Hemingway, Faulkner era un escritor "prolijo" y "borracho de adjetivos". Solía decir que el estilo de Faulkner era como una "retórica de paja" que escondía la falta de una estructura clara. Sin embargo, en la intimidad de sus cartas, Hemingway confesaba admirar la capacidad de Faulkner para crear mundos enteros, admitiendo que el de Mississippi era un "mejor constructor" que él.
Cuando Faulkner ganó el Premio Nobel en 1949, la envidia de Hemingway fue evidente. Aunque le envió un telegrama de felicitación, a sus allegados les decía que Faulkner solo había ganado porque los suecos "amaban el aroma a decadencia sureña".
Cuando Hemingway finalmente recibió el Nobel en 1954, Faulkner le devolvió el gesto con una elegancia cargada de veneno: declaró que se alegraba de que Hemingway lo hubiera ganado, pero añadió que era una lástima que el premio llegara cuando el autor de El viejo y el mar ya no tenía nada nuevo que decir.
A pesar de los dardos públicos, ambos se leían con una atención obsesiva. Faulkner reconoció que la obra de Hemingway era la que más envidiaba por su "perfección técnica", y Hemingway, poco antes de su muerte, admitió que ¡Absalón, Absalón! era una obra que él nunca habría podido concebir.
Al final, la literatura estadounidense se benefició de este choque de trenes. Sin la presión de ser "el mejor" frente al otro, quizás ninguno hubiera alcanzado las cumbres de excelencia que hoy estudiamos.
Dato curioso: Ambos compartieron editor en algún momento y, a pesar de sus diferencias, ambos terminaron sus días luchando contra los mismos demonios: la depresión y el alcoholismo.
Para entender por qué estos dos autores partieron la literatura en dos, no basta con leer sus nombres; hay que observar cómo "dibujaban" sus frases. Mientras uno construía laberintos de espejos, el otro pulía un cristal transparente.
Si la literatura fuera música, Faulkner sería una sinfonía de Mahler —caótica, densa y monumental—, mientras que Hemingway sería una pieza de Bach tocada por un solo violonchelo —precisa, rítmica y austera. A continuación, desglosamos las herramientas que hicieron de estos dos escritores los polos opuestos del siglo XX.
La diferencia más evidente radica en la longitud y la intención de sus oraciones.
Faulkner (El Flujo de Conciencia): Utilizaba oraciones subordinadas que parecían no tener fin. Sus frases buscaban atrapar el tiempo, el pasado y el presente en un solo suspiro. Usaba la técnica del stream of consciousness para imitar el desorden del pensamiento humano.
Hemingway (La Teoría del Iceberg): Sus frases son cortas, declarativas y despojadas de adornos. Creía que un escritor podía omitir cosas que sabía, y esas partes omitidas reforzarían la historia. Si el lector sentía la emoción, era porque la estructura era sólida, no porque el autor usara adjetivos.
Faulkner: Los acumulaba. Para él, un objeto no era solo "viejo"; era "ancestral, decadente, imbuido en el polvo de una gloria que nunca existió". El adjetivo servía para dar atmósfera.
Hemingway: Los odiaba. Prefería el sustantivo y el verbo. Si un escritor necesitaba muchos adjetivos, para él significaba que no había encontrado la palabra correcta.
Observa cómo describirían, hipotéticamente, una misma situación: un hombre bebiendo en un bar.
| Característica | William Faulkner | Ernest Hemingway |
|---|---|---|
| El Texto | "Él permanecía allí, envuelto en el humo rancio de un tiempo que ya no le pertenecía, sosteniendo el vaso con una mano que temblaba no por la edad, sino por el peso insoportable de los recuerdos de su abuelo, mientras el whisky bajaba por su garganta como un fuego líquido que quemaba las sombras de Yoknapatawpha." | "El hombre bebió el whisky. Estaba frío y sabía bien. Miró la barra de madera. El camarero no dijo nada. Hacía calor fuera, pero en el bar se estaba bien." |
| Técnica | Introspección y Memoria: El objeto (el whisky) es una excusa para hablar del pasado familiar y la psicología. | Acción y Sensación: Se enfoca en lo que se ve, se siente y se hace. El sentimiento está debajo de la superficie. |
| Puntuación | Comas y nexos constantes para mantener el ritmo alto. | Puntos seguidos para crear un ritmo seco y masculino. |
Para Faulkner, el tiempo es un círculo. Todo ocurre a la vez: el pecado del antepasado afecta al nieto en el mismo párrafo. Su narrativa es no lineal.
Para Hemingway, el tiempo es un presente perpetuo. Lo que importa es el "ahora", el momento de la verdad (ya sea frente a un toro o en un campo de batalla). Su narrativa es, por lo general, cronológica y directa.
Veredicto: Leer a Faulkner es un ejercicio de resistencia y paciencia; leer a Hemingway es un ejercicio de observación y contención. Uno te obliga a pensar; el otro te obliga a sentir el peso de lo que no se dice.
No hay comentarios aún. ¡Sé el primero en comentar!
Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *